"LLa lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes a lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes

lunes, 19 de marzo de 2018

LAS HISTORIAS MÁS TRISTES



A continuación presentamos los cuentos creados por alumnos de 1º de ESO a partir del dificilísimo y tristísimo comienzo Voy a contaros la historia más triste jamás contada...

Disfrutad leyendo los siguientes relatos de vuestros compañeros de 1º de ESO: Matías Andrés Chacana, Lucía Fernández Rodríguez, Paula Flores García, Naiara Álvarez González, Jimena González Díaz, Irene Moreno Vázquez y Pelayo Porrón Uría.

Profesora: Noemí González García

CARTAS AL CIELO


Voy a contaros la historia más triste jamás contada. Esta historia es la de una niña de 11 años llamada Carlota. Su madre murió cuando ella tenía 7 años y su padre las abandonó cuando Carlota apenas había nacido.

Carlota vivía con su abuela. Para ella su abuela era la mejor, la más cariñosa, la más divertida…Su abuela le había enseñado tantas cosas…Hasta que el diez de junio su abuela murió. Carlota lo pasó fatal; entonces, para poder “contactar” con ella, le escribía cartas.

Hola, güelita:
Quiero que sepas que te echo de menos. Seguramente tú estés feliz allí arriba, pero yo aquí no…He escrito esto como diez veces porque lloro y se manchan todas las cartas que te escribo. Güelita, ¿qué haré sin ti?
De tu nieta.

Hola, güelita:
Hoy no estoy muy bien, los niños en el cole se ríen de mí por escribirte. ¡Qué les importará a ellos! Echo de menos tus abrazos y que me digas que todo va a estar bien…
De tu nieta.

Hola, güelita:
Ya estoy mejor. Ha venido una niña nueva al cole. ¿Te acuerdas cuando me decías que cuando eres nuevo todos necesitamos un amigo? Es lo que estoy intentando.
¿Qué tal el cielo? ¿Es bonito?
Te echo de menos.
De tu nieta.

Hola, güelita:
Esta carta será cortita porque ¡me he apuntado a baile! y debo practicar. Voy a poder cumplir mi sueño; tú siempre confiaste en mí, lo haré solo por ti.
¿Estás bien? ¿Has visto a mamá?
De tu nieta.

Hola, güelita:
Te conté que me apunté a baile, ¿no?, pues ahora estoy esperando a que me llamen para ir a una ¡escuela profesional! en Nueva York, donde podré además practicar mi inglés. Estaré allí cuatro meses.
¿Me echas de menos?, porque yo a ti sí, muchísimo.
De tu nieta.

Hola, güelita:
Esta carta será cortita porque estoy a punto de salir al escenario. He cumplido mi sueño y todo ha sido por ti.
Muchas gracias, te quiero mucho.
De tu nieta.

Hola, güelita:
Lo siento por no escribirte, es que conocí a un chico guapo por dentro y por fuera, y ayer me pidió que fuera su esposa. Quiero formar una familia.
¿Te has acostumbrado a ese lugar?
De tu nieta.

Hola, güelita:
Esta carta es muy especial porque hoy me caso. Me he puesto un vestido hermoso y blanco (tú me dijiste que fuera blanco). Ojalá estuvieras aquí conmigo, te echo de menos.
De tu nieta.

Hola, güelita:
Estoy en el hospital a punto de tener dos hijos. Ya te contaré cómo son.
¿Qué tal allí arriba? ¿Me echas de menos?
De tu nieta.

Hola, güelita:
Mis hijos son preciosos. La niña se llama Inés (como tú) y el niño Mario (tu nombre favorito). Son rubios y tienen ojos grandes y verdosos. Ojalá los pudieses ver.
De tu nieta.

Hola, güelita:
Les enseñé a mis hijos tus recetas de casadielles  y frixuelos; les encantan y ya los hacen mejor que yo, pero nadie los hará como los tuyos.
Te amo.
De tu nieta.

Hola, güelita:
Tengo muy buenas noticias, voy a ser abuela de dos niñas. Voy a intentar ser tan buena, cariñosa, simpática, amable,… como tú, aunque sea muy difícil.
¿Te has acostumbrado a ese lugar? ¿Te gustaría estar conmigo? ¡Yo deseo tanto volver a verte!
De tu nieta.

Hola, güelita:
Esta será la última carta….
Estoy aquí a punto de dejar una vida atrás….Pero, la buena noticia es que después de tanto tiempo nos vamos a volver a ver, por ello estoy feliz.
Ahora sí que sí, hasta pronto, güelita.
De tu nieta.


Irene Moreno Vázquez, 1º ESO A

Prof. Noemí González


FELICIDAD ADINERADA


Voy a contaros la historia más triste jamás contada.

Jorge era un niño normal que vivía junto a su familia en California (EE UU). La gente tenía una opinión positiva de él, pero lo que no sabían era que él no era feliz. La mayoría de las veces su hogar estaba repleto de peleas, gritos, etc. Esto era nocivo para su autoestima.

Pasaron los años y Jorge se convirtió en un adulto observador. Le gustaba mirar a la gente sentado en el viejo banco del parque y había una cosa que él siempre se preguntaba: ¿Qué es ser feliz? Intentaba buscarle respuesta a esto, pero no lo conseguía.

Un día, caminando por el parque, observó a un paupérrimo hombre que vendía boletos de lotería. Jorge vio en sus ojos algo, algo que le animaba a comprar uno. De repente el vendedor le dijo: “El ser más feliz es el que menos necesita para vivir”. Entonces el hombre le dio el último boleto.

Después de este encuentro, Jorge se retiró a su humilde piso. Trabajaba en la industria peletera, donde su sueldo era escaso, por lo tanto le costaba vivir bien.

A la semana siguiente, Jorge estaba caminando y pasó por delante de una tienda de televisores; estos estaban retransmitiendo los resultados de la lotería. Jorge estaba a punto de irse cuando, de repente, escuchó la secuencia final, era su secuencia. Jorge soltó un grito de alegría, por primera vez pensó que se sentía feliz.

A la mañana siguiente, Jorge fue a recibir su recompensa. Tenía grandes planes sobre su utilización.

Lo primero sería comprarse una casa, pero no una casa cualquiera, sino una mansión, con su jardín, su piscina…Lo siguiente sería renovar su armario, comprando trajes de marca, relojes caros…; contratar personal y, sobre todo, llenar su hogar.

Jorge consiguió mucha fama, debido a que entró en la lista de las 15 personas más acaudaladas de California, lo que lo hizo famoso.

Jorge sentía como si le faltara algo, mas no podía deducir qué era, sentía como un vacío en su interior. Por lo tanto decidió conocer a gente.

Un día conoció a una deslumbrante joven de 19 años que al instante quiso salir con Jorge. Estuvieron saliendo durante 7 meses hasta que contrajeron matrimonio. Jorge consiguió muchos amigos a los que invitaba a fiestas, celebraciones…

Pasó el tiempo hasta que un día Jorge descubrió a su esposa con otro hombre, además de que esta se había llevado la mayoría de su dinero. A medida que se agotaba su dinero, lo hacían sus amigos y su felicidad también.

Llegó el día en que todo su dinero se había agotado y con él su esposa, su hogar y sus amigos. El pobre hombre tuvo que vender periódicos y revistas para salir adelante…

A la mañana siguiente, Jorge fue al parque y se sentó como solía hacer habitualmente. De pronto vio algo familiar. Era aquel hombre pobre de los boletos; ahora estaba casado y tenía dos hijos. Se le veía muy feliz, como si lo tuviera todo, aunque trabajaba de camarero. Fue en aquel momento cuando Jorge se dio cuenta de que el que menos necesita para vivir es el más feliz. Jorge ya había encontrado la respuesta a su pregunta.

Después de todo Jorge se quitó la vida, nadie sabe cómo ni por qué, pero lo que sí saben es que murió feliz.


Matías Andrés , 1º ESO A

Prof. Noemí González

LA HISTORIA MÁS TRISTE


Esta es la historia más triste jamás contada sobre la vida de un perro. A Zar lo encontraron dentro de un contenedor de basura en un polígono industrial, cuando no tenía ni dos meses de vida, junto con sus cinco hermanos.

Puede decirse que tuvieron suerte, alguien los oyó llorar y avisó a la protectora de su ciudad, los rescataron y los seis cachorros  fueron a parar a la perrera. Rápidamente se anunció el hallazgo, se pusieron en marcha las redes sociales para conseguir que alguien los adoptara; no fue difícil ir encontrándoles casa a casi todos ellos.

Se fueron marchando uno a uno con sus nuevos dueños, pero nadie se interesaba por Zar. Era el más pequeñito de todos, el más tímido y el más desconfiado, así fue como se quedó solo en la perrera. Parecía no adaptarse, estaba triste, no comía y, cuando algún voluntario quería sacarlo de paseo, se negaba.

Un día llegaron unos señores que buscaban un cachorro para su hija, pero casi todos los perros eran adultos; entonces se fijaron en Zar. En su nueva casa Zar estaba feliz, comía, jugaba, corría y también destrozaba alguna cosa. Pasaron algunos meses y Zar creció y se convirtió en un perro grande, torpe y bonachón. Los padres de la niña no estaban muy contentos con él porque se tropezaba con todo y casi todas las semanas destrozaba algo.

Se acercaba el cumpleaños de la niña y sus padres le  prometieron un viaje inolvidable, pero Zar no podía ir ni tampoco podía quedarse solo en casa, así que negociaron con ella el devolverlo a la perrera si no quería olvidarse de aquel viaje. De este modo, aunque muy triste, la niña decidió que Zar regresara a la perrera.

Zar ya había conocido la felicidad y lo que era tener a alguien que te quiera, así que se deprimió y se convirtió en un perro malhumorado y triste.

Ya no sabían qué hacer con él, lo daban por perdido. Pero afortunadamente apareció un señor mayor al que se le había muerto su perro hacía poco y se fijó en Zar. Le contaron su historia y decidió llevárselo. Le costó mucho que Zar se dejara querer, pero tuvo paciencia y consiguió que Zar volviera a tener ilusión, que saliera a pasear, que comiera y que jugara.

Pasaron algunos años en los que Zar fue feliz de nuevo, pero su dueño enfermó y lo llevaron al hospital. Le dijeron que iba a morir y decidió volver a casa para que Zar no estuviera solo. Así fue como Zar estuvo con su dueño hasta su muerte, pero su destino fue una vez más la perrera, aunque esta vez Zar decidió que no iba a pasar otra vez por lo mismo y dejó de comer y de beber, se dejó morir de tristeza.


Pelayo Porrón Uría, 1º ESO A

Prof. Noemí González

LA VIDA SIGUE


Voy a contaros la historia más triste jamás contada...

Tenía una vida perfecta; un marido, Pedro, que me quería y dos hijas maravillosas: Celeste, de cinco años, y Marina, de dieciséis, pero la burbuja de la felicidad se rompió.

Celeste era muy alegre, pero llevaba unos días tristes y sin ganas de jugar, no comía y se quejaba de la barriga. Esto no era muy normal en ella, así que decidimos llevarla al pediatra. Ese día, le mandó hacer una serie de pruebas y después de unas horas tuvimos el resultado, Celeste tenía cáncer.

Al principio no nos lo podíamos creer, nos preguntábamos cómo podía pasarnos esto. Nos explicaron el tratamiento que iba a tener que poner Celeste y que empezaría inmediatamente.
Las siguientes semanas fueron horribles, yo me quedé con ella en el hospital, se le caía el pelo, vomitaba, se quejaba... pero poco a poco Celeste fue respondiendo al tratamiento. Le dieron el alta y volvió a casa. Celeste pudo regresar al colegio, pero fue duro. Su profesora y sus compañeros le hicieron una fiesta de bienvenida, pero no todos la trataban igual; algunos, al verla sin pelo, se metían con ella llamándola ''bicho raro'' y Celeste volvía del cole llorando. Fui a hablar con la directora y decidimos dar una charla a los niños de lo que es el cáncer. Parece que sirvió y las cosas mejoraron.

Todo ese tiempo estuve tan preocupada por Celeste que no me di cuenta de que mi otra hija sufría. Marina siempre había sido muy sensible y cuando a su hermana le diagnosticaron el cáncer su vida cambió. Me veía a mí y a su padre sufriendo tanto que no nos decía nada y se apoyó en su mejor amiga, Sara, y en su novio Marco, con el que llevaba saliendo unos meses.
Un día que llegábamos del hospital de una revisión de Celeste, me la encontré triste y llorando en su habitación. Me puse a hablar con ella; al principio pensé que era por su hermana pero luego me contó que Sara y Marco la habían engañado, los había encontrado besándose. Se sentía tan herida y traicionada que yo no sabía cómo ayudarla, así que intenté quitarle importancia al asunto, pero sabía lo que dolía la traición del primer amor. Sin embargo, con el paso del tiempo, Marina lo fue superando.

Los meses iban pasando entre revisiones de Celeste en el hospital y nuestro día a día. Yo había dejado de trabajar tras el diagnóstico de la enfermedad de Celeste y mi relación con mi marido no pasaba por el mejor momento, cualquier detalle nos hacía discutir. En una de las revisiones, tuvimos otra mala noticia: el cáncer de Celeste volvía a aparecer. Esto significaba volver al hospital otra vez, ver a Celeste pasarlo mal, etc.

Eso dañó más nuestra relación; entonces ya ni nos hablábamos. Una de las veces en que Pedro vino al hospital para estar con Celeste tuvimos una discusión muy fuerte y él se fue muy cabreado. Ese día llovía, había mucha niebla... y al cabo de unas horas mi teléfono sonó y me comunicaron que se había producido un accidente de varios coches y Pedro había muerto. No podía ser verdad, me sentía culpable y me preguntaba cómo iba a explicarles esto a mis hijas si ellas adoraban a su padre.

El día del entierro fue un día frío y triste; a Celeste no le había dicho nada pero Marina estuvo a mi lado, aunque yo sentía que ella me culpaba de la muerte de su padre.

Creía que las cosas no podían ir a peor pero estaba muy equivocada. Celeste no respondía al tratamiento, así que los médicos probaron cosas nuevas pero nada funcionaba. Ellos hablaron conmigo, me dijeron que lo sentían pero que a Celeste le quedaba poco tiempo.

Una mañana, Celeste amaneció con más energía de lo habitual porque últimamente estaba tan agotada que casi ni hablaba. Me dijo que había soñado con su padre, que la estaba esperando en un sitio muy bonito donde siempre había sol y no existía el dolor. Esa tarde Celeste murió.

A partir de ese momento todo fue negro, no era capaz de llorar porque era como un ''zombie''. Una tarde, Marina entró en mi habitación, se abrazó a mí y ambas rompimos a llorar. No podíamos parar, éramos ríos de lágrimas, pero todos los ríos desembocan en el mar y así llegamos finalmente a un mar de calma. Empezaba una vida nueva para nosotras; nunca podríamos olvidar a Celeste y a Pedro, pero la vida seguía.

                                                                                               Jimena González Díaz, 1º ESO A

Prof. Noemí González